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¡Cómo no hablaros de mis amigos!

¡Cómo no hablaros de mis amigos! Esos pensadores exquisitos con los que tanto he compartido charlas y reflexiones. Mi mentor, Rubén Darío, ha sido el máximo influyente en muchos de mis escritos. He de agradecer que mis editores me hayan proporcionado de nuevo esta oportunidad para expresar todos esos recuerdos que habían quedado enterrados.

Siempre se ha dicho de mí que soy mujeriego, derrochador, déspota, megalómano, arrogante, vividor, neurasténico y competitivo con mis contemporáneos, pero nada más lejos de esto. ¡Tengo un grato recuerdo de todos ellos! Muchos prologaron mis libros: Salvador Rueda, Rubén Darío, Leopoldo Alas «Clarín», Max Nordau, Jean Moréas y Benito Pérez Galdós, entre otros.

¿Por qué no reproducir algunos comentarios que dijeron de mí?

Rubén Darío dijo en una ocasión al cruzarse conmigo: «He visto pasar la felicidad. Si a Enrique se le antojara ser obispo estoy seguro de que lo conseguiría. Es usted impresionable e incansable. Es usted ansioso y deseoso; y hemos convenido en que sin escribir versos es usted un poeta».

Benito Pérez Galdós apuntó: «Pocas veces he visto un ejemplo tan admirable, un conjunto tan acentuado de independencia y de flexibilidad, de entusiasmo y de razón».

Luis Alberto Sánchez por su parte dijo: «Lo típico de él, más bien, es la falta de pudor general».

Y releyendo algunas críticas actuales he encontrado esto: «Enrique Gómez Carrillo escribió artículos, reportajes, entrevistas convertidas en narración, ensayos imaginativos o literarios, semblanzas de escritores, reseñas de libros, críticas de arte y teatro, descripciones de tertulias, narraciones autobiográficas, cuentos disfrazados y pinceladas de viajes y paisajes. La suya fue una escritura escapista en el fondo que hilaba sus bellos tejidos literarios de espaldas a la realidad política y social y, precisamente, fue esta supresión de la Historia donde se encuentra la aportación más concreta al entendimiento de lo que lo caracteriza, es decir, una vitalidad dialéctica y revolucionaria».

En París tuve la suerte de compartir tiempo con Manuel Machado y Alejandro Sawa y en Madrid viví numerosas fiestas con ellos. También conocí en mis viajes a Niza a Blasco Ibáñez.

¡No hay cómo volver del más allá para saber lo que piensan de uno!

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Buenas noticias del pasado

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Hoy he conocido que Alejandro Sawa también ha vuelto de la mano de estos mis nuevos editores. Tiempos extraños estos en que muertos como nosotros retornamos gracias a los jóvenes, recuperados para un tiempo frágil y probablemente exiguo. Pero no es momento de pesadumbres, al contrario, porque a través de ellos Alejandro me ha hecho llegar las palabras que con tanto aprecio me dedicó una vez y que hoy despiertan en mí añoranzas y alegrías que nunca le podré agradecer como se merece:

«Ese es el Mago de las letras españolas. Me temo que las gentes no se hayan enterado todavía. Ese es el Mago. Yo lo preconicé así. Él era casi un niño, y yo era casi un adolescente. Nos conocimos en París, no en los bulevares, sino en uno de los parques griegos de la ciudad. Las máscaras de piedra que simbolizaban la gracia nos sonreían. Yo no sé si fue en el Luxemburgo, pero los jardines de Academos se me aparecían.

Él venía de América; yo, español, no sé si de más allá. Nos comprendimos; era Carrillo, como sigue siendo, un gran niño, abierto a todos los candores de la vida. Frío en apariencia, casi mezquino de palabras y de gestos, yo lo adiviné como una de esas tierras plácidas que ocultan el hervor de un volcán en sus entrañas.

No es, como estilista, un elegante de ahora, sino un gentil caballero de todos los tiempos. Cuando habla de Grecia usa clámide, y, eso no obstante, cuando traza crónicas mundanas, se ve que el frac le es tan familiar como le es a Dicenta, pongo por ejemplo, andar en mangas de camisa por los caminos del Arte. Es un Mago: trueca los vocablos en gemas, y maravilla contemplar los tesoros de pedrería que posee y la cuasi divina facilidad con que los emplea en cuanto escribe.

Yo quiero, como un elogio más, estampar aquí su nombre —dulce de pronunciar como una caricia— y concluir diciendo: Enrique Gómez Carrillo».

Gracias amigo.

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