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Buenas noticias del pasado

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Hoy he conocido que Alejandro Sawa también ha vuelto de la mano de estos mis nuevos editores. Tiempos extraños estos en que muertos como nosotros retornamos gracias a los jóvenes, recuperados para un tiempo frágil y probablemente exiguo. Pero no es momento de pesadumbres, al contrario, porque a través de ellos Alejandro me ha hecho llegar las palabras que con tanto aprecio me dedicó una vez y que hoy despiertan en mí añoranzas y alegrías que nunca le podré agradecer como se merece:

«Ese es el Mago de las letras españolas. Me temo que las gentes no se hayan enterado todavía. Ese es el Mago. Yo lo preconicé así. Él era casi un niño, y yo era casi un adolescente. Nos conocimos en París, no en los bulevares, sino en uno de los parques griegos de la ciudad. Las máscaras de piedra que simbolizaban la gracia nos sonreían. Yo no sé si fue en el Luxemburgo, pero los jardines de Academos se me aparecían.

Él venía de América; yo, español, no sé si de más allá. Nos comprendimos; era Carrillo, como sigue siendo, un gran niño, abierto a todos los candores de la vida. Frío en apariencia, casi mezquino de palabras y de gestos, yo lo adiviné como una de esas tierras plácidas que ocultan el hervor de un volcán en sus entrañas.

No es, como estilista, un elegante de ahora, sino un gentil caballero de todos los tiempos. Cuando habla de Grecia usa clámide, y, eso no obstante, cuando traza crónicas mundanas, se ve que el frac le es tan familiar como le es a Dicenta, pongo por ejemplo, andar en mangas de camisa por los caminos del Arte. Es un Mago: trueca los vocablos en gemas, y maravilla contemplar los tesoros de pedrería que posee y la cuasi divina facilidad con que los emplea en cuanto escribe.

Yo quiero, como un elogio más, estampar aquí su nombre —dulce de pronunciar como una caricia— y concluir diciendo: Enrique Gómez Carrillo».

Gracias amigo.

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Abriéndome paso en Madrid: recuerdos de escritor

Mi salida de la miseria la debo al heroísmo de un hombre que era entonces, y sigue siendo ahora, uno de los raros libreros españoles que tienen por los libros un amor inteligente. Guiado por la providencia, detúveme ante la vidriera de la librería de Fernando Fe, situada entonces en la Carrera de San Jerónimo. De pronto vi salir de la tienda y dirigirse a mí a un chico delgado, de grandes ojos risueños, quien, sin saludarme, me dijo en tono familiar y brusco:

-Hace días que estoy buscando sus señas… ¿Dónde diablos vive usted?

-En la calle de las Veneras -contestéle.

Luego, interrogándolo a mi vez, le dije:

-¿Y para qué demonios quiere usted conocer mi domicilio?

-Pues hombre, para pagarle a usted los diez ejemplares de Esquisses que nos dejó y que ya se han vendido. Y además para pedirle a usted otros…

-¿Otros diez? -pregunté, tratando de ocultar mi emoción y de hacer creer que me parecía muy natural que mi librillo se vendiese.

-No -murmuró después de meditar un rato-, no… Le tomaríamos a usted más cantidad si nos hiciera un descuento importante… Pensamos mandarlo a nuestros corresponsales de América… ¿Cuántos ejemplares tiene usted?

-¿Cuántos? Todos los de la edición, menos un centenar.

-Lo suponía… Pero me gusta que usted lo confiese. Los literatos, hasta cuando no han vendido tres libros, pretenden que llevan tres ediciones… La franqueza de usted me es simpática.

-Muchas gracias.

-Ya me las dará cuando le entregue el dinero, si nos entendemos… Porque supongo que no andará usted muy sobrado de cuartos.

-En este instante, para no mentirle, le confieso que no tengo ni un real…

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