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Rastreando el pasado en el presente…

Ahora que la recopilación de mis textos está tan cercano a su publicación, gracias a esos talentosos y jóvenes editores de los que ya he hablado,  me he permitido investigar un poco más, por pura curiosidad aventurera, qué otros restos de los días en que era corresponsal se pueden rastrear en este maravilloso y extraño nuevo mundo de principios del tercer milenio. Dos meses llevo buscándolos, con curiosidades nunca saciadas, cariñosamente, ávidamente, y aún me parece increíble el lugar y el momento en los que me hallo.

La tristeza de ver cómo algunos de los más insignes personajes que conocí hace tantos años  son poco más que resplandores del pasado solo puede ser suplida por la alegría que experimento cada vez que veo que un buen número de personalidades, algunos verdaderos artistas con los que tuve el honor de compartir charlas y copas, ocupan un lugar de honor en el Olimpo actual de los talentos de la pluma.

El arte, como siempre expresé en mis artículos, es algo que se debe defender ante toda injusticia… ¡Qué decir de aquellos y aquellas valientes que en su momento inauguraron nuevas formas del mismo, algunos de los cuales tuve yo el inmenso orgullo de observar desde las mismas bambalinas! A mi mente viene, la primera de todas ellas, la insigne Isadora Duncan, tan poco comprendida en mis tiempos y a la que traté, en mi modestia, de arropar como se merecía. Mirábala orgulloso en cada una de sus actuaciones… ¡Que alegría cuando descubrí que una artista actual, de nombre Sabrine Jones, la había rendido merecido homenaje para que los lectores actuales, aquellos inquietos, curiosos como yo, conozcan el mérito y heroísmo de esta precursora de, lo que me dicen, hoy se sigue llamando danza moderna! ¡Qué felicidad cuando me percaté de la reciente edición de una obra íntegramente dedicada a la vida de una de las más inolvidables mujeres que me encontré en el transcurso de mis viajes, como bien se refleja en algunos de los artículos que con tanto respeto escribí y que la antología que Libros La Ballena se halla a punto de publicar! Aquí está la cubierta de tan insigne obra:

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Otra sorpresa hiperbólica se me presentó cuando, al abrir aquello que asumía sin recato se trataba de un libro más, como tantos otros… ¡revelose como un libro dibujado! Tebeos, parece que los llaman en este Madrid imponente y mágico de principios del siglo XXI… Como decía al principio, ¡que maravilloso y extraño es este nuevo mundo!

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Buenas noticias del pasado

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Hoy he conocido que Alejandro Sawa también ha vuelto de la mano de estos mis nuevos editores. Tiempos extraños estos en que muertos como nosotros retornamos gracias a los jóvenes, recuperados para un tiempo frágil y probablemente exiguo. Pero no es momento de pesadumbres, al contrario, porque a través de ellos Alejandro me ha hecho llegar las palabras que con tanto aprecio me dedicó una vez y que hoy despiertan en mí añoranzas y alegrías que nunca le podré agradecer como se merece:

«Ese es el Mago de las letras españolas. Me temo que las gentes no se hayan enterado todavía. Ese es el Mago. Yo lo preconicé así. Él era casi un niño, y yo era casi un adolescente. Nos conocimos en París, no en los bulevares, sino en uno de los parques griegos de la ciudad. Las máscaras de piedra que simbolizaban la gracia nos sonreían. Yo no sé si fue en el Luxemburgo, pero los jardines de Academos se me aparecían.

Él venía de América; yo, español, no sé si de más allá. Nos comprendimos; era Carrillo, como sigue siendo, un gran niño, abierto a todos los candores de la vida. Frío en apariencia, casi mezquino de palabras y de gestos, yo lo adiviné como una de esas tierras plácidas que ocultan el hervor de un volcán en sus entrañas.

No es, como estilista, un elegante de ahora, sino un gentil caballero de todos los tiempos. Cuando habla de Grecia usa clámide, y, eso no obstante, cuando traza crónicas mundanas, se ve que el frac le es tan familiar como le es a Dicenta, pongo por ejemplo, andar en mangas de camisa por los caminos del Arte. Es un Mago: trueca los vocablos en gemas, y maravilla contemplar los tesoros de pedrería que posee y la cuasi divina facilidad con que los emplea en cuanto escribe.

Yo quiero, como un elogio más, estampar aquí su nombre —dulce de pronunciar como una caricia— y concluir diciendo: Enrique Gómez Carrillo».

Gracias amigo.

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